Para algunos el año empieza en enero. Para otros, en cambio, el nuevo ciclo comienza en el siniestro 1 de septiembre. Asumimos con resignación y mala baba eso de volver a la rutina. Pero, ¿qué clase de timo es este? ¿Qué hacemos si para nosotros la rutina solo es un periodo intervacacional más o menos largo?

Tras la búsqueda del verano perdido

Tras el confinamiento, un verano desveranizado, una vuelta al tajo marcada por la distancia social, las mascarillas y la paranoia, y con la cuenta corriente temblando, ¿cómo puede rebelarse un auténtico viajero? ¿Qué hacemos para suplir estos meses en casa? ¿Cómo podemos pensar en viajes futuros, cuando cierta aerolínea irlandesa todavía nos debe dinero de viajes cancelados?

Entre las distintas opciones se encuentra la más sensata, que no es sino regresar a nuestras vidas frugales, aplicar esa dieta que nunca nos tomamos en serio durante más de tres semanas y ahorrar para cuando viajar sea seguro. Para cuando se abran las fronteras sin restricción alguna, de la misma forma en la que Moisés abrió las aguas. Un ejercicio de estoicismo que haga sentir orgullo a nuestras familias. Pero, ¿acaso somos disciplinados y rigurosos noruegos?

Adelante, soñadores

Un viajero genuino no pierde el tiempo con promesas que, hechas a uno mismo, tardan poco en convertirse en autoengaños. Nuestro consejo es soñar en el sentido más figurado posible de la palabra. Tampoco nos pongamos repipis, pero deberías comenzar a planear cual Willy Fog y aprovechar este tiempo de entreguerras para fichar destinos interesantes. De esos buenos, bonitos, baratos e instagrameables. Si eres una de las pocas personas que no han estado en Menorca este verano, curiosea los restaurantes por los que han transitado las influencers y localiza rincones chulos de la isla. Siéntete un ninja adelantándote a todos, como si fueras Monchi a la caza de algún chavalito brasileño que está a punto de convertirse en estrella.

Planea. No dejes margen para la improvisación. Imagínate de nuevo entre hordas de turistas abarrotando plazas, museos y bares. Esas aglomeraciones del metro entre cámaras con sello de Seúl… Ay.

Qué clase de verano que se precie pasa por delante de nosotros sin canción-del-verano. Vivimos en una estafa televisada. Guionizada, incluso, si le preguntamos a Miguel Bosé. No sabemos qué fuerzas del mal se alinean para que no podamos estar de pie en el chiringuito, mojito en mano. Y que no llamen frivolidad al gusto por vivir la vida como si nos corriese por las venas algo distinto a la horchata. 

No queremos nuevas normalidades ni ningún otro oxímoron sacado de una probeta de algún spindoctor. Planifica las vacaciones que no sabes cuándo disfrutarás. Marca en favorito ese hotel en el que es probable que no te hospedes. Y, por encima de todo, agarra un calendario y visualízate en el viaje que te arruinó el coronavirus. O tal vez fue la precariedad, qué más da.

Lo importante es que no pierdas el espíritu indómito del viajero que siempre necesita estar maquinando nuevas aventuras. Pero no olvides que, como dijo Woody Allen, “si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”.